Ernesto llevaba en pie desde la madrugada nervioso como
un niño en víspera de reyes. Mientras María repasaba por enésima vez las
cuendas de su rosario repitiéndose en cada oración que ese hombre había perdido
la cabeza.
Cuando sus hijos se presentaron en su ochenta cumpleaños
con una de esas cajas de experiencias que tanto anunciaban en televisión, ni
siquiera les prestó atención. Días después la cogió y la leyó tranquilo,
deteniéndose en cada una de las actividades que proponían. Al llegar a la número
205 una sonrisa se dibujo en su cara.
Buscó a María y le comunicó su deseo de hacer parapente.
Siempre quiso ser paracaidista, sueño que se vio truncado al llegar al servicio
militar. Un problema en sus pies le impedía volar. Esta sería la mejor
oportunidad de vengarse de sus odiosos pies planos

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