Cuando
Sofía me pidió qué le cambiara el turno, nunca pensé qué me alegraría tanto de trabajar un sábado. Ocho
horas de informes y llamadas. Ocho horas para qué Samuel llenara las maletas
qué con tanto mimo deje abiertas sobre la cama.
Al
entrar en el vagón agradecí qué estuviera completamente vacío. Me senté junto a
la ventana y deje qué mis pensamientos volaran entre las notas que a todo
volumen martilleaban mis oídos.
Apenas
unos minutos después una mujer de unos sesenta años y con aspecto algo
excéntrico entro y se sentó en el
asiento contiguo. A pesar de su deteriorado vestido y el excesivo maquillaje de
sus mejillas, guardaba restos de una belleza lejana.
Comenzó
a hablar de una manera acelerada y cercana, mientras yo asentía de forma casi
automática. Mi indiferencia parecía no
importarle demasiado así qué por educación,
deje qué Fito siguiera
construyendo su casa por el tejado, y resignada apague el mp3 y me dispuse a
escucharla.
En
apenas unos minutos me conto con todo lujo de detalles su agitada vida de
artista. Me relato su época de modelo en Francia, sus almuerzos con Coco Channel,
sus coqueteos con el mundo del séptimo arte.
Perpleja,
escuchaba todos los disparates qué esa desconocida me contaba mientras en el
fondo de mi mente dudaba seriamente de su cordura.
Antes
de bajarse me pidió un papel para firmarme un autógrafo. Normalmente llevaba
fotos para los fans pero esta semana la imprenta le había fallado. Tan embebida
estaba ya en ese disparate de conversación, qué me vi ofreciéndole mi cuaderno
de notas.
Al
salir del vagón vi como una cartera de ante rojo se le caía de la bolsa de
viaje. Quise devolvérsela pero en unos segundos había desaparecido del andén y
la guardé para entregarla en objetos perdidos.
Meses
después de cambiar las tardes de arrumacos con Samuel por las clases de francés, en uno de los
periódicos qué solía leer quede totalmente impresionada ante esa figura. Un
titular galo se hacía eco de la muerte de la modelo y actriz Gloria Durán.
Recordé la cartera roja que nunca
devolví y al abrirla pude comprobar a través de fotos y recortes que aquella
extraña conversación había sido totalmente cierta.
Con un nudo en la garganta y un magnifico
material cogí mi cuaderno y comencé a escribir la historia de Gloria Duran.
