Cuando supo de la muerte de tía Ernestina notó cierto
alivio, aunque también cierto fastidio por tener que ocuparse de organizar todo
lo que aquella vieja loca había guardado durante años.
Al abrir una de las
cajas un leve sonido le hizo estremecerse. Tomó el pequeño objeto entre sus
manos y esbozó una sonrisa. Después de tantos años allí seguía la joven
bailarina rusa bailando sobre sus diminutos pies, el vals que durante su
infancia veló sus sueños y que esa fría mañana de Abril había conseguido ablandar
su duro corazón.