Cuando llego a la salita de estar antigua habitación de su hijo Cósme, María mullía con energía los cojines del sillón de cuero marrón.
Encima de la mesa junto a su pastillero diario esperaba un tazón de leche todavía caliente. Le dio un beso agradecido. Se sentó y comenzó una nueva batalla contra los temblores que hoy parecían querer ganar la partida.
Miró a través de la ventana y detuvo su atención en unos jóvenes que bromeaban en el portal rebosantes de vida. María lo observó con ternura en la mirada y le acercó el tazón a los labios mientras una lágrima corría por su mejilla.
