Al salir de la ducha una luz
parpadeante en el contestador me invita a pensar en mi padre, y en sus más que repetidas
instrucciones para la reunión de esta tarde. Dudé unos segundos en atender la
llamada pero una vez más antepuse su vida a la mía.
“Señor Dumont le llamo de la
biblioteca Sena. Quería comunicarle que ha sido usted el ganador del concurso
de relato: Mi viaje soñado. Puede usted pasar a recoger su premio, cuando lo
desee. Enhorabuena .Gracias por participar”.
Me quedé paralizado unos minutos por la sorpresa.
Siempre quise ser escritor. Ya desde pequeño solía llenar mis cuadernos de
historias de piratas, vaqueros, villanos, algo que me supuso más de una nota
disciplinaria de Fray Damián.
Mi pasión por las letras la
alimentó siempre mi madre, una profesora de literatura que me llevaba por
mercadillos de libros antiguos, librerías y que me dio a conocer a los grandes
autores. Cuando llegó la hora de ir a la Universidad mi padre puso el grito en
el cielo y sentenció que ningún hijo suyo se dedicaría a algo tan banal. La
melodía de mi móvil me sacó de mis pensamientos. Ahora sí era mi padre, y
pacientemente escuché sus órdenes mientras salía para el despacho.
De camino al trabajo intenté
cuadrar mi agenda mentalmente para poder pasar por la biblioteca, la emoción
aún revoloteaba en mi estómago cuando llegué al despacho. Busqué en un cajón el
periódico donde se anunciaba el concurso, el premio era un libro sobre los lugares más espectaculares del
mundo y un cheque valorado en dos mil euros. Si he de ser sincero el premio no
era algo que llamara mi atención, ya que por mi trabajo he viajado por los
países más relevantes del mundo. Para mí lo realmente importante era saber si sería
capaz de escribir algo que se pudiera considerar realmente bueno. Esa
curiosidad unida a que aquella mañana la reunión sobre informes trimestrales de
beneficios, me resultaba tremendamente aburrida lograron que pensara en mi
viaje soñado y lo plasmara en un papel que más tarde mi secretaria enviaría al
concurso.
Desde el principio tuve
claro cuál sería mi destino soñado. Cada año me repetía a mi mismo que pediría
una excedencia y me marcharía a Strartford-upon –Avon, ciudad de nacimiento de Shakespeare,
mi escritor favorito. Alquilaría una pequeña casa y pasaría los días
recorriendo sus calles, empapándome de su historia y conociendo los lugares que
inspiraron sus obras. En las tardes soleadas me sentaría junto al río Avon con
un termo de café caliente y pasaría las horas llenando mis cuadernos. Aun hoy
sigo guardando la costumbre de escribir en cuadernos, me parece que las
palabras fluyen mejor en ellos, que encerradas en una pantalla de ordenador.
Antes de acercarme a la
bibliotecaria me detuve unos segundos a observar las estanterías repletas de
libros, imagen que me fascinaba. Mientras esperaba sentado en un banco en el
pasillo, una imagen en el corcho de la pared llamó mi atención. Era una frase por
todos conocida “Carpe Diem” y que en ese
momento me resultó muy apropiada. Cuando me indicaron que ya podía pasar me
descubrí a mí mismo sonriendo.
En el coche guardé el cheque
en la página de Londres y llamé a mi secretaria dándole instrucciones precisas
de mis planes.
Un par de horas más tarde
aun no creía lo que estaba a punto de hacer. Mientras cerraba la puerta del
apartamento una frase pasó por mi cabeza, “Ser o no ser”. Suspiré y pensé
“ser”, yo quería ser escritor y lo iba a ser.
Subí al taxi emocionado. Por
fin comenzaba mi viaje soñado.






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