La estación estaba abarrotada de gente que caminaba de un lado a otro arrastrando su vida en pesadas maletas. Por un momento esa imagen le recordó a un grupo de hormigas intentando acercar su carga hasta el hormiguero.
Frente a la ventanilla encontró un rostro vulgarmente familiar. Pidió un billete y después de tener que repetir varias veces su destino, a una empleada mas pendiente de sus uñas que de su trabajo, por fin consiguió su ansiado billete.
Se sentó en un banco en el andén y miro el enorme reloj de hierro forjado, comprobando para su tranquilidad que las agujas estaban en la posición correcta.
colocó la pequeña maleta sobre sus piernas, apretándola con fuerza y mantuvo la mirada fija en las vías.
Una voz ronca anunciaba por megafonía que su tren que su tren estaba a punto de entrar en la estación.
El gigante de hierro se paró unos minutos frente a él, arrogante, como si estuviera retando y acto seguido reanudó su marcha.
Damián se levantó arrugó el billete con rabia, lo arrojo a la papelera y se marchó de allí una vez más.
Aun no estaba preparado para volver.

Me ha gustado mucho, y el final tiene su suspenso...
ResponderEliminarAins la Estación del Norte como nos gusta, Eh?
ResponderEliminarMuy bueno.
Fantástico relato y final inesperado. ...cuantas veces habremos tenido nosotros que arrugar nuestro billete? Besos mil cuore! !
ResponderEliminarMe encanta. Lleno de giros y sorpresas!! :-)))
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